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Jose Rangel



    • Nombre del personaje: Jose Rangel

    • Pseudónimos: Principe, Cachorro arrogante.

    • Raza y lugar de procedencia: Humano. Procedencia: Venezuela.

    • Descripción: El muchacho es una persona de ojos oscuros y mentón afilado en el que aún no se muestra ni un atisbo de vello, su cuerpo es fino y esbelto, aunque se intuye el comienzo de las formas de un hombre. Ágil y rápido, Garlan suele llevar una espada corta aunque, también, porta un arco de madera de tejo con el cual intenta evitar el llegar al contacto físico.

    Pese a todo, sus pasos no siempre van encaminados hacia la guerra. Portando un instrumento musical de cuerdas que hace, más bien que mal, sonar, trata de buscarse la vida como músico itinerante.

    Sus hombros se cubren con una cabellera castaña-rubia, herencia de algún antepasado lejano, lo que le ha hecho recibir algunos nombres y apodos relacionados con ella, bajo la cual reposa una capa gris azulada.

    Sobre su mano izquierda, bajo los mitones que suele usar, le asoma un tatuaje negro similar a dos arañazos. Que sólo guarda sentido para él.

    • Historia del personaje:

    Introducción: Recuerdos de juventud.

    Frontera de Dassart, Año 199.

    – Piérdete, Cuervo, esto no es asunto tuyo.

    El hombre que había hablado tenía a una joven arrinconada en la pared más lejana de la cuadra, su cinto estaba tirado en el suelo a pocos metros de sus tobillos, donde reposaban unos sucios calzones descubriendo el sexo del soldado.

    Garlan seguía en pie en la entrada, después de haber ordenado que dejara a la chica y se vistiera, con la espada desenvainada aún orientada al suelo. Se frotó despreocupadamente el cuello, allí donde una cicatriz de hacía dos décadas seguía picándole y sonrió para, después, añadir:

    – O te cubres esa vergüenza, o me encargo de que mi acero no te deje nada que cubrir. ¿Conoces la palabra Eunuco?

    Después de diez años como soldado y de haberse hecho una fama, Garlan era conocido por todos como “La sonrisa de la muerte”, ya que muchos decían que sólo cuando mostraba sus dientes con una mueca lobuna acababa ensartando la espada que portaba en el rostro, cuello o pecho de quienes osaban llevarle la contraria, siempre y cuando fueran sus subordinados.

    El hombre que había frente a él no era subordinado, era el capitán del otro grupo de exploradores que habían sido enviados a esa misión, pero decidió no probar suerte. Bien sabido era a esas alturas que quien estaba frente a él había sido mercenario anteriormente y que no solía plegarse a los términos del honor entre camaradas. Tomando sus calzos con la mano izquierda y el cinto con la mano derecha, el otro capitán abandonó la cuadra, mientras musitaba palabras en un dialecto al que Garlan aún no se había acostumbrado, las únicas que se había esmerado en aprender eran “alto, atrás, atacad y muerte”.

    La muchacha seguía allí, sollozando aún por el terror de haber sido casi forzada en los minutos anteriores, pero consiguió articular algunas palabras mientras intentaba agradecerle a su “salvador” el evitar lo que habría ocurrido seguro de no haber llegado.

    – Mil gracias… Sois un verdadero caballero… -comenzó a decir justo cuando Garlan la miraba con rabia en los ojos, con una mirada que asustaba más aún que la que había acompañado a la sonrisa que había dedicado al otro hombre.

    – No soy un caballero, niña. Me meo en el nombre de todos esos que se pavonean con hermosas corazas y bonitas capas. Soy Garlan Blackfate, un asesino, una espada empuñada por un hombre. Y no he hecho esto por tí. Bien harías en creerme. Ahora tapate como puedas y sal de mi vista.

    Garlan se acercó al caballo que había ido a recoger, una bestia de guerra negra, cubierta por cuero y lascas de metal. Rozó el hocico del animal que pacía tranquilamente de un cubo repleto de heno y suspiró, dejando que su mente fuera veinte años atrás, cuando no era un hombre vigoroso, si no un joven esbelto y risueño que tenía corazón…

    – ¡Cogedlo! ¡Lleva mi bolsa! – El guardia que hablaba ya había desenvainado la espada e iba alcanzando al joven con pasos pesados.

    El muchacho, de pelo rubio, llevaba sobre sus hombros la cinta de un violín y un carcaj donde reposaban varias flechas, pero sabía perfectamente que atacar a un miembro de los guardias de la ciudad podría ser mucho peor que robar la bolsa a la que tan poca atención prestaba hasta verlo salir de aquella posada con ellaÂ… “Quizás el dedicarme a robar no sea tan buena idea” pensaba el muchacho mientras sentía galopar su corazón al mismo trote que sus pies.

    Esquivó varios tenderetes que habían en la calle mientras a sus espaldas seguían sonando órdenes y maldiciones, y tras un largo rato consiguió localizar un escondite donde perder a sus perseguidores. Abrió la bolsa y dejó escapar un silbido. Suficientes monedas para conseguir montura y noches de descanso bajo techo. Podría asistir a la fiesta y, con un poco de suerte, encontrar a alguien que aceptara ser su mecenasÂ…

    En esos momentos ignoraba que la canción de su vida comenzara a tomar forma.


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