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Juaco Reyes nació en un barrio donde las luces de la ciudad nunca llegaban del todo. Entre calles polvorientas, paredes grafiteadas y esquinas marcadas por pandillas, su infancia estuvo lejos de ser inocente. Su casa era pequeña, con techo de chapa y paredes de ladrillo sin revocar. Su madre trabajaba en lo que podía, y su padre estaba más tiempo ausente que presente.
Desde chico, Juaco aprendió que en la calle había que ganarse el respeto. A los ocho años ya corría con los mayores, llevando mensajes y vigilando cuando los más grandes “hacían vueltas”. Mientras otros niños jugaban a las bolitas, él conocía el sonido metálico de una navaja al abrirse y el código de mirar siempre a los lados.
El barrio era su escuela. Allí aprendió a diferenciar el eco de una moto acelerando con intención de fuga, de los pasos apurados de la policía entrando. Se acostumbró a que la adrenalina fuera parte de su día a día. A veces, participaba en pequeños hurtos: robar dulces del almacén, carteras en el colectivo, celulares distraídos. No por maldad, sino porque era lo que le enseñaban los que lo rodeaban: “Si no agarrás, no comés”.
Juaco no era tonto. Sabía que lo que hacía estaba mal, pero también sabía que, sin eso, en su mesa no habría pan. Con el tiempo, desarrolló una habilidad especial para moverse rápido, pensar bajo presión y mantener la calma en situaciones de riesgo. La calle lo curtió, lo endureció, pero también le dio un sentido de pertenencia: el barrio, con todos sus peligros, era su familia.