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Ofelia Frost



  • NOMBRE COMPLETO: Ofelia Frost

    EDAD: 21

    LUGAR DE NACIMIENTO: Escocia

    NACIONALIDAD: Escocesa

    SEXO: Mujer

    PADRES:
    Margaret Glenn: Es una mujer muy sencilla y se caracteriza por su amabilidad. Siempre había sido el prototipo de madre perfecta, hasta que su marido Scott los abandona. Desde entonces convive con una depresión que no es capaz de controlar fuera del trabajo.

    Scott Frost: Es la típica persona que se bloquea ante cualquier adversidad y tira siempre del alcohol.

    APARIENCIA FÍSICA: Pelirroja y de ojos azules, muy blanca. Tiene cicatrices en los brazos. Su cara está llena de pecas.

    PERSONALIDAD: Es difícil describir su personalidad debido a que va cambiando según el contexto en el que se encuentre, ésta hace parkour cambiando cada dos por tres. A pesar de eso, siempre ha tenido muy claro cuáles son sus prioridades: sus amigos. Haría casi cualquier cosa por ellos.

    EDUCACIÓN: Ha realizado estudios de administración y algo de humanidades. Advanced Open Water.

    HISTORIA: 14 de junio del año 2000. Royal Infirmary of Edinburgh, Edimburgo, Escocia. El día acaba de comenzar y, en la sala de paritorio, se encuentra Margaret junto a su marido Scott. Tras muchas horas hiperventilando y empujando, había traído al mundo a la pequeña Ofelia: una niña totalmente sana. Parecía una muñeca: era pelirroja, tenía los ojos azules y su cara estaba bañada de pecas.

    Sus padres no son personas de renombre ni mucho menos, ella es enfermera en Ellens Glen House y él camarero en Tolbooth Tavern.

    Pese a tener una familia de lo más normal, el principio de su vida se ve truncado cuando, a los 2 años, nace su hermano Peter, al que le han diagnosticado discapacidad intelectual. Sus padres ya no le prestan tanta atención como al principio y ella no entiende por qué (algo normal debido a su baja edad). Aunque parece llevarlo bastante bien.

    Ofelia pasó por la primaria como una alumna ejemplar: siempre hacía los deberes, compartía con sus compañeros y sacaba muy buenas notas. Sin embargo, en su casa, no era todo luz y color. Cada día, desde que nació su hermano, sus padres peleaban y siempre terminaba todo igual: su padre salía dando un portazo y, cuando volvía, apestaba a alcohol.

    Todo esto provocó que, a la corta edad de 6 años, fuera bastante más responsable que cualquier persona de su edad. Ella se encargaba de cuidar de su hermano, recogía la casa como podía y estudiaba.

    Los años pasaban y nada parecía cambiar, hasta que un día, su padre terminó por irse de casa. Ella lo recuerda como uno de los peores días de su vida: llegó a su casa del colegio como cualquier otro día y, al entrar en casa, estaba todo revuelto. El hecho de que hubiera algún asaltante la perturbó y cogió lo primero que tenía a mano. Escuchó un llanto en el baño y se acercó con mucho cuidado hasta vislumbrar a su madre tras el umbral de la puerta; tenía todo el maquillaje corrido y estaba llena de moratones.

    Sin apenas poder llegar a fin de mes, la familia consiguió tirar hacia delante. Podría decir que era la típica estampa de gente sin dinero y feliz, pero este no era el caso. Ofelia había empezado la secundaria y, tener que conocer gente nueva, le producía un miedo abismal. Durante su niñez no aprendió a comunicarse bien con los demás ni a transmitir sus emociones, lo que hacía que el tener que hablar con gente saliera mal al hacer comentarios sin malas intenciones, pero que más de una vez parecieron borderías.

    Durante el primer año de secundaria, Ofelia había conocido a la que sería su mejor amiga: Beth Richardson. Ella la ayudaba cuando no podía llevar trabajos al día por las dificultades que su casa albergaba, demostrándole que seguía habiendo gente buena en el mundo.

    Con 15 años, su amiga trató de convencerla para ir al psicólogo. Varias veces Ofelia la había preocupado expresando que la vida no tenía sentido y que no la motivaba nada a seguir adelante.

    Siempre le había gustado la música y su círculo más cercano la consideró una virtuosa de la materia. Expresaba sus sentimientos mediante un sinfín de letras y, gracias a eso, aún siendo menor de edad, consiguió un trabajo fijo en uno de los bares de la zona: tendría actuaciones todos los sábados por la noche.

    Su suerte cambió de golpe, empezó a ser algo más extrovertida (aunque no mucho) y cada sábado el recinto se llenaba de sus fans (aunque para ser sinceros, el lugar se llenaba con menos de 30 personas).

    Durante el verano de 2016 amplió la jornada de conciertos, empezando a cantar no sólo covers, sino también canciones que ella había compuesto. Una de las personas del público le llamó la atención durante una de sus canciones, y no por su físico ni porque estuviera liándola con los amigos como solía hacer todo el mundo; ella cantó una de las canciones más tristes que había escrito y él lloró escuchándola. Tras aquella actuación, lo buscó. No comprendía que ella pudiera llegar a transmitir algún sentimiento mediante melodía, se sentía muerta por dentro.

    Finalmente lo encontró cuando estaba saliendo para volverse a casa y lo paró. Debido a su ansiedad social, le costó bastante arrancar y, tras varios minutos silenciosos, consiguió volver a respirar normalmente y le preguntó por lo que había visto horas antes.

    “Soy muy empático y no me cuesta nada ponerme en la piel de otro, y tú… has puesto los sentimientos de una persona a punto de suicidarse en palabras. Me parece algo magnífico, pero también escalofriante… Soy estudiante de psicología y me gustaría tratarte de forma totalmente gratuita, me parece asombroso lo que tienes dentro de la cabeza”.

    Ese día, después de mucho tiempo, llegó a casa bastante contenta. No le dijo a su madre que la trataría un psicólogo, no hablaba casi nada con ella. Sin embargo, se pasaba el día contándole historias a su hermano, siempre que en ellas no hubiera nada que pudiera causarle tristeza.

    Tras estar un año en terapia, había desarrollado un lazo más fuerte con su psicólogo: Richard Campbell. Se había convertido en su mejor amigo y en el líder de las salidas que hacía con él. Poco tardó en enamorarse de él, sería su primer amor, pero, como hacía con todo, trató de esconderlo lo máximo posible. No quería arruinar la relación que tenía con una de las personas que le daban motivos para seguir hacia delante.

    Este sentimiento resultó ser recíproco, tanto que, al cumplir ella la mayoría de edad, se casó con él. Ofelia había terminado el bachillerato de humanidades y él llevaba tiempo con un puesto fijo en una consulta.

    Se habían mudado a un apartamento y se llevaron a Peter con ellos, ya que no querían causarle más problemas a su madre. Ofelia había conocido la verdadera felicidad y temía perderla de un momento a otro, los fantasmas del pasado seguían atormentándola de vez en cuando.

    Ella había empezado a trabajar en una tienda 24 horas que estaba cerca de su casa y, por muy tonto que pareciera, ella sentía que había encontrado su verdadera vocación. Gracias a eso conoció a la gente del barrio y, siempre que podía, les echaba una mano.

    Se sentía en una película de Disney, pero, como dicen por ahí, todo lo que sube baja.

    El 1 de noviembre de 2019, montó una fiesta sorpresa para su querido marido, que cumplía 27 años. Aquel día no habló con él ni le felicitó, quería que fuera como en la típica comedia en la que nadie le dice nada al cumpleañero, este piensa que se han olvidado y, de repente, ¡súper fiesta sorpresa!

    Sin embargo no fue así ni mucho menos, él había salido a hacer unos recados. Recuerda perfectamente verlo salir por la puerta cabizbajo. Pero nunca volvió. En vez de su regreso, recibió una llamada del hospital en la que le comunicaban su fallecimiento en un accidente automovilístico.

    Sin terminar de creérselo, durante varios meses visitó su tumba hasta que el vigilante del cementerio la echara. Volvió a sentirse abandonada, no quería saber nada de nadie. Cerró sus fronteras de nuevo y, tras un intento de suicidio fallido, decidió que sería buen momento para irse del país. Quería olvidar todo lo que la envolvía.

    Buscando ciudades lejanas a las que mudarse, encontró una que le llamó la atención: Los Santos. Así que, aquel mismo día, tras recibir el alta médica, hizo las maletas, puso la casa y el coche a la venta y dejó dos notas en dos buzones diferentes: una para Beth y la otra para su madre.

    La gran mayoría del dinero de las ventas sería para su madre, para que, al menos ella, pudiera vivir bien. Se llevaría lo justo para empezar en su nueva ciudad, esperando encontrar en esta algún punto de vista que le devolviera las ganas de seguir viviendo.


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