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Lylia Bell recordó el día en que dejó su país como uno de los momentos más importantes de su vida. Tenía nervios, emoción y un poco de miedo mientras el avión despegaba rumbo a Estados Unidos. Todo era nuevo para ella: el idioma, las costumbres y hasta el clima. Al llegar, se sintió pequeña entre edificios enormes y personas que parecían siempre tener prisa.
Los primeros meses fueron difíciles. En la escuela le costaba entender las clases y tenía miedo de hablar por su acento. Muchas noches extrañaba a su familia, sus amigos y las tradiciones de su hogar. Sin embargo, Lylia no se rindió. Todos los días practicaba inglés, escuchaba música, veía programas y pedía ayuda cuando no entendía algo.
Con el tiempo, comenzó a hacer amigos que la apoyaron y le enseñaron sobre la cultura del lugar. También compartió historias de su país, sus comidas favoritas y sus celebraciones, haciendo que los demás se interesaran por su pasado. Poco a poco, la escuela dejó de parecerle un lugar extraño y se convirtió en un espacio donde podía aprender y crecer.
Años después, Lylia se dio cuenta de cuánto había cambiado. Seguía siendo la misma persona, pero ahora era más fuerte y segura de sí misma. Mudarse a Estados Unidos no solo le dio nuevas oportunidades, sino que también le enseñó que adaptarse no significa olvidar de dónde vienes, sino aprender a unir dos mundos en uno solo.