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Mauricio Rojas (Foxton)
Little Seoul | Los Santos
Mauricio Rojas nació en Maracaibo, Venezuela, un 26 de Noviembre de 1999. Hijo único de padre Brasileño y madre venezolana, una familia de clase media baja, su infancia fue una mezcla de ruido de motores viejos, olor a grasa de auto y discusiones familiares. Su viejo, Maicon Rojas, trabajaba como mecánico de barrio; un tipo que nunca tuvo mucho, pero sabía arreglar cualquier cosa con un destornillador. Su madre, Claudia, era enfermera, el equilibrio dentro del caos.
Desde chico, Mauricio mostró una curiosidad particular por todo lo que tuviera ruedas. Mientras otros jugaban al fútbol, él desarmaba bicicletas y las volvía a armar solo para ver si podía hacerlas correr más rápido.
A los 15 ya pasaba más tiempo en el taller de su padre que en la escuela. Lo apodaban “Foxton”, por un casco viejo con una calcomanía de zorro que usaba siempre, incluso cuando no andaba en moto. Era su amuleto, su escudo contra la rutina.
El salto a la calle
A los 18, tras una pelea fuerte con su viejo —quien no aprobaba que anduviera metido en las “picadas” ilegales—, decidió irse de casa. Durante un par de años vivió de changas, durmiendo donde podía y moviéndose en una moto que había armado con piezas robadas y repuestos usados. No tenía rumbo fijo, solo la idea de que el ruido del motor era lo único que lo hacía sentirse vivo.
En ese tiempo conoció a Enzo, un tipo mayor que había pasado por lo mismo: carreras, talleres, y algún que otro negocio por fuera de la ley. Enzo lo tomó bajo su ala, le enseñó a moverse en la ciudad sin llamar la atención, y sobre todo, a no confiar tan rápido.
Cuando la situación en Venezuela se complicó, Foxton decidió probar suerte en el norte. Con los pocos ahorros que tenía, se embarcó hacia Los Santos, buscando lo que muchos: una oportunidad o, al menos, una razón para seguir. Los primeros pasos en Los Santos
Los primeros meses fueron duros. Sin papeles, sin contactos, y con apenas una maleta, sobrevivió vendiendo lo que podía y trabajando en talleres por unos pocos billetes. Hasta que un día, mientras arreglaba un Tampa en una calle de Little Seoul, conoció a Hans Ross, otro tipo del ambiente que le habló de un taller donde buscaban manos confiables.
Ese taller era Top Secret, dirigido por gente que mezclaba la mecánica con algo más grande. Ahí conoció a Andrés Gironza (Pyro) y Trevaughn Mayshon, dos nombres que más tarde se volverían pilares en su vida.
Trevaughn Mayshon fue quien primero le ofreció un trabajo simple: encargarse de la venta de tacos en los eventos automovilísticos. Podría parecer poco, pero para Mauricio fue la entrada a un mundo distinto. A partir de ese momento, comenzó a moverse entre corredores, mecánicos y gente del bajo mundo. El taller ya no era solo un lugar de trabajo: era una familia.
El presente
Cuando le preguntan por qué sigue ahí, suele responder con una media sonrisa:
“Porque en la calle aprendí que los motores no solo corren… también unen.”