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Kenji Mizuki nació a las 3:14 de la madrugada, durante una noche lluviosa en Tokio. Tres minutos antes que su mellizo, Shion.
Esa mínima diferencia definió sus destinos.
Kenji heredó el apellido Mizuki, el de su madre, Ayame, que representaba la elegancia, la ciencia y el control. Shion, por su parte, recibió el apellido Kuroda, el de su padre, Hiro, símbolo de la tradición, la reputación y el dinero.
Los Mizuki eran admirados públicamente como una familia de élite gastronómica japonesa: dueños de restaurantes kaiseki, casas de té centenarias y exportadores de sake de lujo. Pero tras esa fachada perfecta, ocultaban su verdadero imperio: eran pioneros en la creación de drogas sintéticas, venenos discretos y estimulantes de alto nivel, desarrollados en laboratorios escondidos bajo sus cocinas.
Desde su nacimiento, Kenji no fue criado para amar la cocina. Fue criado para entender la materia, para usar ingredientes con precisión quirúrgica. Podía cocinar para encantar, pero también para envenenar.
Donde otros veían especias, él veía catalizadores. Donde otros olían té, él detectaba alcaloides, fenoles y derivados de aminas. A los 14 años ya podía identificar una droga por su olor, determinar la pureza de un polvo con solo verlo caer o neutralizar una sustancia con ingredientes domésticos.
Era un químico innato con mente de artista.
Supervisaba el flujo de las drogas Mizuki a través de cadenas de sake y condimentos gourmet. Los envíos más caros del país llevaban un secreto en su interior: una dosis exacta, invisible, perfectamente disuelta.
Probaba él mismo pequeñas muestras de cada nueva fórmula para comprobar sus efectos. Ni temblaba. Ni dudaba. Sus subordinados decían que su cuerpo era su propio laboratorio: había desarrollado tolerancia, resistencia y una capacidad casi intuitiva para medir dosis letales o terapéuticas solo con el tacto o el gusto.
Cuando algún chef, científico o contable traicionaba el secreto familiar, no era su padre quien tomaba las decisiones. Era Kenji.
Lo hacía con precisión quirúrgica. Sin gritos, sin amenazas. Un plato servido con vino envenenado. Un error “culinario” en una degustación privada. El tipo de muerte que parecía un accidente de exceso o intoxicación natural.
Aprendió a matar con elegancia y a mentir con cortesía. Aprendió a reír mientras servía sake, sabiendo que algunos invitados no verían el amanecer.
Aunque sus caminos se separaron, Kenji nunca dejó de vigilar a Shion. Sabía de su exilio, de su caída y de su reconstrucción en los bajos fondos. Y cuando Yomiko Mizuki —su prima, heredera y líder en expansión— le mencionó sus planes sobre Senketsu en Los Santos, Kenji comprendió que el futuro de los Mizuki ya no estaba en las cocinas de Tokio, sino en los laboratorios ocultos y los puertos extranjeros.
Y cuando Shion reapareció, Kenji lo siguió sin dudar. No por lealtad familiar… sino porque entendía que dos mitades separadas del mismo veneno podían crear algo aún más poderoso.