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Deandre Wallaces nació en Los Santos, en el barrio de Chamberlain Hills, un lugar donde las sirenas suenan más que las risas y donde los sueños se apagan pronto. Su infancia no fue sencilla: su padre, un trabajador de muelle que siempre intentó mantener a su familia lejos de los problemas, falleció cuando Deandre tenía once años. Aquello rompió algo dentro de él. Desde entonces, su madre, Angela, tuvo que encargarse sola del hogar, trabajando turnos dobles en una lavandería para alimentar a Deandre y a su hermana menor.
Sin una figura paterna y con su madre ausente por necesidad, Deandre empezó a pasar más tiempo en la calle. A los doce años dejó el instituto. Decía que no servía de nada aprender cosas que no te daban de comer. Se refugiaba con los chicos del barrio, muchachos mayores que él, que ya se movían en el mundo de las pandillas. Empezó con pequeños recados: vigilar esquinas, entregar mensajes, llevar algo de dinero o mercancía de un lado a otro.
A los catorce ya era conocido por moverse rápido y guardar silencio. La pandilla lo empezó a ver como “uno de los suyos”. Con ellos aprendió a sobrevivir: a quién respetar, a quién temer, y cuándo hablar o desaparecer. La calle se volvió su escuela y su refugio, pero también su prisión.
Con el tiempo, Deandre empezó a involucrarse en asuntos más serios. Robos menores, enfrentamientos, noches sin dormir por miedo a las represalias. Su madre intentó apartarlo de esa vida, pero él ya se sentía demasiado adentro. “La calle me crió”, solía decir.
Hoy, con apenas diecisiete años, Deandre sigue atrapado en ese mundo. A veces sueña con irse lejos, empezar de cero, pero el peso de la lealtad y la necesidad lo mantienen donde está. En Los Santos, pocos logran salir… y él todavía no sabe si algún día será uno de ellos.