Katniss Tennyson




  • Nombre Completo: Katniss Tennyson

    Edad: 23

    Lugar de Nacimiento: Los Santos | Norte

    Nacionalidad: Estadounidense.

    Sexo: Femenino


    Con su cabello naranja que caía como llamas suaves sobre los hombros, y esas pecas distribuidas en el rostro como diminutas brasas, se movía por el Norte de Shandy Shores con una gracia natural. Medía un metro setenta y dos, tenía la piel clara que apenas soportaba el sol sin sonrojarse, y los vecinos la recordaban siempre con una sonrisa. Su infancia transcurría entre tardes de verano junto el lago de Shandy. Nadaba con una determinación extraña, como si el agua le permitiera quitarse de encima el rumor constante de Shandy. En casa, su madre, Maria maestra de primaria, llenaba las paredes de apuntes de gramática y poemas recortados de revistas, mientras que su padre, Joel, mecánico de carácter dulce, reparaba motores en el garaje. Ella aprendió de ellos la paciencia: el arte de afinar cuerdas en una guitarra pequeña que se volvió su confidente y, al mismo tiempo, la magia de escuchar historias antes de dormir, cuentos que hablaban de héroes.

    Aquella niña llevaba siempre un cuaderno donde anotaba fragmentos de versos que le parecían salvavidas. A veces, copiaba sin querer frases que la madre pronunciaba como mantra de familia. Escribía esas palabras en cada página, y en su mente se repetían como un susurro constante que le enseñó a no ceder ante el pánico.
    En la escuela, era reservada. Sus amigas eran pocas, pero le bastaban. Prefería hundirse en un libro o trastear en la guitarra antes que sumarse a los juegos bulliciosos del patio. A los trece, organizó su primer recital improvisado en el garaje: unos cuantos vecinos, luces tenues y la niña de cabello naranja tocando acordes con una seguridad sorprendente. Nadie le dijo que cada nota estaba cargada de un anhelo de protección, que buscaba en la música el refugio que la vida real le negaba.

    Todo se tornó incierto cuando, pasados los catorce, su madre enfermó. La rutina de antes se fracturó: las risas se tornaron susurros en el hospital, y ella se convirtió en la confidente de su padre. Él, acostumbrado a arreglar motores, no sabía cómo coser las emociones rotas, así que ella aprendió a ser fuerte en silencio. Entró al gimnasio del barrio sin pretenderlo: primero para descargar la rabia, luego para moldear músculos que parecían guardar la promesa de defenderse. A los quince sufrió un enfrentamiento mientras volvía del entrenamiento. Nunca contó nada, pero ese episodio sometió su mente a la promesa de nunca más sentirse indefensa. Dejó de buscar alianzas fáciles y empezó a leer en su mirada la advertencia de estar alerta. Como quien, sin decírselo a nadie, se entrena para lanzar la primera flecha en cualquier momento. Desde entonces, desarrolló esa capacidad de observar cada gesto.

    Cuando su madre falleció a los dieciséis, el golpe fue tan violento que la sacudió hasta los cimientos. Su padre se encerró en sí mismo, y ella pasó a ser la encargada de mantener las cuentas, de cuidar la casa, de tapar el vacío con trabajos eventuales: repartía libros en una librería, daba clases de guitarra en un garaje sucio, y al caer la noche, escribía en su diario confesiones que nunca mostraba. Aquellas páginas eran el testigo de un duelo que la obligó a crecer antes de tiempo.

    En aquel periodo, encontró en las narraciones de supervivencia un reflejo de sus propias cicatrices. Descubrió que las palabras podían ser tan afiladas como una espada y que ciertas protagonistas, en lugares remotos donde todo parecía perdido, terminaban por entender que huir no era una opción: había que ponerse de pie y pelear. Ella, con apenas dieciocho años, comprendió que la voluntad era su mejor arma y que no importaba cuántos golpes recibiera, siempre tendría que alzar la mirada, con la misma determinación que alguien que corre por un bosque oscuro, con cada músculo dispuesto a saltar. Entre los diecinueve y los veintiuno, se ganó la vida como guardia de seguridad. Primero en almacenes de dudosa reputación, donde aprendió a leer la tensión en los ojos ajenos; luego en clubes nocturnos, donde vio de cerca la violencia desatada por unos tragos de más. Más de una vez salió con la chaqueta rota, el rostro hinchado y los puños doloridos, pero cada moretón era un recordatorio: no retroceder. Alguien le confesó, una noche de neón roto, que tenía la mirada de una que no perdía el aliento frente al peligro. Ella, sin saberlo del todo, estaba forjando su instinto.

    A los veintiún, después de un año sin descanso, su cuerpo y su mente pedían un propósito mayor. Sintió que la rutina ya no sostenía nada y que necesitaba un lugar donde las reglas fueran la única brújula que importara.

    Los fin de semana, en vez de descansar, prefería meterse a nadar en la bahía. El agua salada devolvía sus pensamientos a la niña que un día creyó que la vida estaría hecha de canciones y risas. Pero ahora entendía que esas notas eran un recuerdo precioso, no un destino alcanzable.



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