Apolinar Mauricio


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    Apolinar Mauricio, con 29 años de edad, nació en Colombia, en un departamento conocido como Santander. Es un hombre colombiano, hijo de Nepomuceno Mauricio y Mary Ferguson, padre colombiano y madre escocesa, los cuales se conocieron en uno de los viajes que su padre solía hacer hacia Europa, donde ambos se conocieron y decidieron hacer vida en el país latinoamericano.

    Apolinar, más conocido como Polo por sus amigos y allegados, es un sujeto de rasgos latinoamericanos heredados de su padre, sin embargo, es de tez blanca, pecas y cabello pelirrojo, herencia de su madre. Contextura atlética debido a sus diferentes ocupaciones y con 1.80 de estatura.

    Debido a un pasado problemático, Apolinar tiene problemas con la autoridad, al considerar que la persona que la ejerce no tiene buen liderazgo ni voz de mando, no soporta la prepotencia y las personas que usan su poder para aprovecharse de otros, por lo cual puede llegar a ser conflictivo. Sin embargo, si considera que está bajo el mando de un buen líder, Apolinar lo seguirá con completa fidelidad, incluso hasta la muerte. Debido a su pasado, es una persona con un alto sentido de protección a sus amigos, los cuales los considera como de su familia, honorable, comprometido y con mucha fuerza de voluntad. Tiene una personalidad incorruptible, en contra medida, conoce y aplica la ambigüedad que pueden tener ciertas acciones y maneras de pensar, siempre en aras de conseguir un bien mayor. Detesta a las personas que se aprovechan de los que no se pueden defender, así como los que tienden a victimizarse y se niegan a hacer algo, teniendo las herramientas para tomar acción.

    Apolinar nació en el seno de una familia acomodada, no eran millonarios, pero contaban con muchas comodidades, todo relacionado al negocio de su padre, que solía viajar por el mundo, dedicándose a las ventas internacionales y el comercio. Situación que cambió a los escasos 2 años de edad, ya que su padre realizó un viaje a Asia más específicamente a Hong Kong, del cual nunca regresó y en dónde nunca se contactó con su familia. Su extraña desaparición fue repentina y nunca se encontró rastro alguno, por más que la madre de Apolinar trató de contactar a las autoridades de dicha ciudad, nunca pudo dar con el paradero de su esposo.

    Con un padre ausente, Apolinar fue criado por su madre junto a otros 2 hermanos, muy apegados a él, asumiendo el papel del hermano mayor y hombre de la casa, desarrolló un amplio sentido de protección por su familia. Realizó sus estudios escolares en una institución educativa local, que era dirigida por una orden de sacerdotes. Al ser educado en un ambiente religioso, Apolinar fue testigo de abusos y maltratos que los sacerdotes ejercían sobre los estudiantes, en ese punto comenzó a desarrollar una aversión por la autoridad que abusaba de los demás, sobre todo basada en un dogma religioso. Si bien, desde un punto de vista académico, fue un estudiante ejemplar, siempre tuvo problemas con sus profesores, directivas de la institución, así como otros estudiantes que abusaban de los más débiles, chicos que muchas veces le doblaban su peso.

    A pesar de sus problemas de actitud, Apolinar consiguió graduarse del colegio de sacerdotes y pasó por múltiples trabajos, fue mecánico un tiempo, guardaespaldas y guarda de seguridad, entre muchos otros. Debido a las dificultades económicas de su familia, y a que cada vez era más difícil para su madre, actual sustento del núcleo familiar, conseguir un empleo estable, Apolinar decidió entrar a prestar servicio militar en su país, con miras a hacer una carrera militar. Ocupación que le garantizaba un buen sueldo, prestaciones sociales para sí mismo como para su familia, y una jugosa jubilación al finalizar su servicio.

    Sin embargo, Apolinar no fue un cadete ejemplar, sin estar acostumbrado a recibir órdenes de manera brusca y autoritaria, tuvo problema con sus superiores e instructores, los cuales lo relegaron a cumplir castigos por problemas de conducta, pocos ejercicios militares y a considerar reprobarlo de la academia. Esta situación cambió luego de unas semanas, y a punto de ser expulsado, el Sargento Andrés Caballero, un instructor de otro regimiento, vio la situación en la que se encontraba Apolinar y decidió intervenir. A pesar de que no era el mejor cadete, que no era el mejor tirador, que no obedecía órdenes, supo ver su potencial físico y la pasión con la que desafiaba a los altos mandos, el sargento sabía que Apolinar tenía mucho que ofrecer, bajo el liderazgo adecuado.

    Caballero solía visitarlo en las celdas de castigo del batallón, llevándole un trago o algo de comer en las largas noches, a pesar del rechazo inicial de Apolinar, el sargento supo ganarse poco a poco la confianza de éste, preguntándole por su familia y su pasado. En una de sus largas charlas, el sargento le preguntó porqué le molestaba tanto obedecer mandatos. Apolinar le contó sobre su paso por un colegio católico, donde por la ignorancia y las ideas fanáticas, muchos niños eran abusados, incluso hubo sospechas de que algunos de sus compañeros fueron agredidos sexualmente. Caballero le mencionó una frase que hizo cambiar la manera que Apolinar tenía de ver las cosas: “Para que el mal triunfe, solo hace falta que los hombres buenos no hagan nada, comprendo tu molestia muchacho, pero desafiando a todo el mundo no vas a llegar a nada. Todo el mundo tiene algo para ofrecer, y por tu parte debes aprender de cada bien solamente lo bueno. La vida en la milicia es dura, y forjamos el carácter de nuestros hombres, no te centres solo en el tono fuerte y autoritario de tus instructores, y utiliza toda esa pasión que tienes para hacer algo bueno, por ti, por tu familia y por tu país”.

    Luego de estas palabras, el cambio de actitud que tenía Apolinar fue de 180°, aprovechando que en la noche todos dormían, Apolinar entrenaba sin parar dentro de su celda de castigo. Mientras era excluido de los ejercicios diarios, en las noches el Sargento Caballero lo dejaba salir de su castigo para entrenarlo en los ejercicios donde era rechazado, tanto de polígono como de operaciones militares, formaciones y estrategias. Apolinar comprendió que si quizá no tenía un talento en especial, con fuerza de voluntad y dedicación, podía hacer cualquier cosa que se propusiera, llegando a ser mejor incluso que aquellos que tienen un talento natural.

    A pocos días de recibir el veredicto de la corte marcial sobre su expulsión, el sargento Caballero movió sus influencias para que Apolinar pudiera participar en los ejercicios junto a sus compañeros. En medio de las prácticas, tanto sus instructores como compañeros quedaron sorprendidos al ver la obediencia, disciplina y efectividad que resaltaba sobre los demás.

    Todo esto llevó a Apolinar a graduarse de la Academia de Cadetes, llevándose una mención honorífica al ser el mejor de su promoción. Se perfilaba para ser un excelente soldado, que sería trasladado a batallones de operaciones especiales. Al finalizar su formación, el Sargento Caballero le dio sus felicitaciones y le dijo mirándolo a los ojos, “recuerda que aquel que obedece órdenes de manera ciega y sin preguntar es un excelente soldado, pero aquel que tiene criterio y no pierde su esencia es un verdadero guerrero”. En ese momento Apolinar no entendió ese consejo, sin embargo agradeció al sargento por su ayuda y por creer en él. Al siguiente día fue trasladado de la brigada donde fue entrenado, aceptado como soldado primero, iniciando así su carrera profesional en las montañas de Colombia. Despidiéndose de sus familiares y con un fuerte abrazo a su madre, partió con la promesa de visitarlos siempre que estuviera de permiso, y que gran parte de su sueldo iría destinado a la manutención de su hogar.

    En esos años Colombia estaba sumida en la violencia contra las guerrillas, Apolinar fue designado a realizar operaciones de rescate y contraguerrilla, operativos que fueron exitosos en su totalidad. Debido a su destacado papel, al cuidar de sus compañeros que eran heridos en combate y siempre buscando que todos regresaran a la base, fue subiendo de rango poco a poco, llegando a ser sargento de su pelotón. Este ascenso rápido en su carrera llamó la atención de un teniente del batallón al que pertenecía Apolinar, Teniente Segundo Torres, que comenzó a prestarle atención al recién ascendido sargento Mauricio.

    Enfocado en hacer su trabajo de la mejor manera posible, protegiendo a sus compañeros y pensando en ganar un mejor salario para enviar a su familia, Apolinar se centraba en seguir siendo el mejor para lograr sus objetivos. Por este motivo, aceptó sin pensar el ofrecimiento del Teniente Torres, el cuál quería trasladarlo al grupo de operaciones especiales, para hacer operativos encubiertos y caza de objetivos en la jungla colombiana.

    De manera inmediata Apolinar fue trasladado, la noche anterior antes de viajar, recibió una llamada de su amigo, el Sargento Caballero, el cuál quería saber sobre su traslado y de igual forma le recordó ese consejo extraño que le dió cuando se graduó de la academia. Ya dentro del grupo de operaciones especiales, Apolinar participó en operaciones de contraguerrilla, infiltración en poblados, campamentos, asesinatos silenciosos y eliminación de objetivos militares, por primera vez aprendió lo que era matar a un hombre, y a pesar de que eso conllevaba una carga moral importante, decidió centrarse en su objetivo y seguir adelante sin hacer preguntas. En medio de sus operaciones, conoció a otro sargento con el cual forjó una sólida amistad, el Sargento Gamboa, el cual siempre lo superaba por poco en todas sus habilidades. Ambos lucharon, asesinaron, sangraron y compartieron operaciones juntos, sus superiores, al ver la coordinación perfecta que tenían, los enviaban a realizar este tipo de operativos militares juntos.

    En cierta ocasión, ambos fueron designados a infiltrarse dentro de un poblado en la selva profunda colombiana, habitado por personas de origen indígena, caseríos de madera muy pobre y sin servicio de luz o acueducto. Las órdenes eran claras, ingresar dentro de una casa que resguardaba un grupo de guerrilleros de élite, conocidos como los “pisa suave”, con el fin de asesinarlos de manera silenciosa, ya que dentro de ellos se encontraba un cabecilla del mencionado grupo.

    Mauricio y Gamboa llegaron al caserío, ambos se dejaron crecer la barba, apolinar se rapó su cabello rojizo y trató de oscurecerse la barba roja con barro. Mientras investigaban con la gente del pueblo, un hombre muy amable se dio cuenta que ellos no eran de ahí, les ofreció comida y toda la información que ellos requirieron. Lo que el señor les contaba no concordaba con la información que la inteligencia del ejército tenía, era un pueblo que fue fundado por colonos, y no parecía ser infiltrado por los grupos guerrilleros.

    Los jóvenes soldados pensaron que quizá sus objetivos estaban muy bien escondidos, y que para no llamar la atención, no intentaron influir en la vida de los pobladores. Ambos contaban con una fotografía tomada desde el satélite del lugar donde se estarían escondiendo los “pisa suave”, ayudados por el amable señor, se dio cuenta que la casa donde éste vivía concordaba con las imágenes de satélite. Los dos soldados de operaciones especiales entraron a la pequeña casa con paredes de barro, dentro no había ningún guerrillero de élite, semidesnudo y con el cuerpo pintado con camuflaje militar. En cambio, vivía una familia de una hermosa indígena, de cabello largo, liso y negro, junto a 5 pequeños que corrían por el lugar.

    Luego de una comida tropical y de unos tragos de cerveza, Gamboa y Mauricio se despidieron de esas personas tan amables, se regresaron al campamento que habían improvisado a las afueras del pueblo y comenzaron a cuestionarse lo que pasaba. Claramente no eran los objetivos que buscaban y esto lo comunicaron al Teniente Torres. Su superior supo de sus inquietudes y procedió a recalcar las órdenes que los soldados tenían. A pesar de que ambos le comunicaron por radio que solo eran niños pequeños junto a sus padres, Torres les reiteró que las órdenes eran claras, que debían eliminar a los objetivos militares, les recordó el juramento que ambos hicieron ante la bandera de Colombia y que tenían 24 horas para ejecutar las órdenes.

    Ambos pasaron la noche en vela, sabían que lo que estaban haciendo estaba mal, y durante el siguiente día, llegando al plazo acordado, no se atrevieron a salir del campamento, no sabían qué hacer. Un par de horas antes de la hora límite, recibieron un llamado por radio por parte de Torres, preguntando por el estado de la misión. Gamboa le respondió a Torres que los habitantes de ese hogar no representaban un peligro, a lo que Torres les respondió que las órdenes se deben cumplir sin cuestionamiento, les ofreció una alta suma de dinero por el cumplimiento de la misión, así como la promesa de ascensos y medallas honoríficas. El silencio se hizo presente en la llamada, a lo que Torres, claramente molesto, los amenazó con no solo ser destituidos por deserción y alta traición, sino que serían desaparecidos. En palabras del teniente, el batallón entero estaba listo para asaltar el poblado, si las órdenes no eran cumplidas, Gamboa y Mauricio serían ejecutados en el lugar, junto a todos los habitantes del pueblo, haciéndolos pasar como muertos en acción.

    Al escuchar esto, ambos salieron corriendo del campamento, se olvidaron que eran soldados de operaciones especiales y se dirigieron al poblado. Tocaron todas las puertas, alertando a las personas de lo que iba a pasar, llegaron a la casa de la familia que tan bien los había atendido y de una patada entraron de manera violenta. Todos despertaron asustados mientras los jóvenes les pedían que abandonaran el lugar, que iban a ser asesinados. Justo al terminar de decir esto, comenzaron a sonar detonaciones afuera del lugar, el batallón del que ambos eran parte llegaron de manera sorpresiva y aprovecharon de que las personas estaban afuera, confundidas, para abrir fuego contra ellas.

    El caos se apoderó del poblado, todos corrían como hormigas asustadas mientras caían ante las rafagas. Gamboa y Mauricio trataron de sacar a las personas del lugar, instándolos a huir entre la selva. Mientras se daban a la huída, disparos certeros de los soldados mataron al padre y a la madre de los muchachos, Gamboa cayó al piso por los disparos tratando de proteger a uno de los pequeños que llevaba en sus brazos, Mauricio identificó al tirador y se abalanzó sobre éste, en medio del forcejeo, Mauricio tomó el cuchillo de combate que tenía el soldado y le cortó la garganta. Se giró sobre sí mismo y vio cómo todos eran masacrados, a su amigo se desangraba en el suelo y las balas lamentablemente habían acabado con la vida del pequeño que intentó salvar. Enfurecido, tomó el fusil del soldado que había matado y respondió al fuego de ese pelotón de la muerte, las lluvia de balas volaban por todas partes hasta que Mauricio se quedó sin munición. En medio del caos, tomó a su amigo, se lo llevó a sus espaldas y salió de ahí, mientras los soldados quemaban el lugar.

    No paró de huir durante toda la noche, llevando el cuerpo de su amigo a sus espaldas, la sangre de este limpió el barro de su barba, mezclando el rojo de su vello facial con la sangre del que consideraba su hermano. A altas horas de la madrugada, llegó a una carretera destapada y se desplomó en el suelo, a los pocos minutos, una patrulla de policía que se dirigía al lugar donde se incendiaba el pueblo pasó por el lugar y se encontró con ambos cuerpos.

    Durante esos años, el gobierno colombiano pagaba bonos, daba ascensos y medallas a todo militar que entregara resultados y bajas de guerrilleros. Por este motivo, muchos dirigentes militares, en alianza con grupos paramilitares, asesinaron ciudadanos colombiano que habitaban zonas pobres y abandonadas por el estado, haciéndolos pasar por guerrilleros caídos en combate. Esta práctica se conoce como “falsos positivos”, y en este caso en particular, Apolinar Mauricio y Enrique Gamboa, fueron designados a llevar a cabo este tipo de barbaries sin ellos saberlo.

    Al ser recogidos por la policía, Apolinar fue acogido por la justicia especial, siendo testigo de lo que había sucedido, Enrique Gamboa falleció por la gravedad de sus heridas y comenzó un proceso judicial contra el Teniente Torres. En esos momentos, Apolinar recordó las palabras que su maestro, el Sargento Caballero le había dicho años atrás, “aquel que obedece órdenes de manera ciega y sin preguntar es un excelente soldado, pero aquel que tiene criterio y no pierde su esencia es un verdadero guerrero”.

    En medio del proceso judicial, tanto Apolinar como su familia fue amenazada, éste regresó a su hogar, lleno de dudas y remordimiento, sin saber si los objetivos que había eliminado, a pesar de que varios de ellos estaban armados, quizá algunos también eran falsos positivos. Ya reunido con su familia, vio cómo sujetos extraños rondaban su hogar. Asustado, estuvo viajando por varias ciudades colombianas, dónde llegó a ser policía incluso, tratando de proteger así a su familia.

    Al conocer la enorme corrupción que tenía la Policía Nacional Colombiana, acudió a la única persona que podía ayudarle en ese momento, el Sargento Torres. Torres conoció su caso, y sabía ya desde hace un tiempo las atrocidades que algunos miembros de la cúpula militar habían hecho. Analizó el caso de Apolinar, y a pesar de que estaba acogido ante la Justicia Especial para la Paz, sabía que tanto él como su familia estaban en riesgo, y que la corrupción del ejército se extendía a la policía también.

    Moviendo sus influencias, Torres consiguió darles asilo político a él y a su familia en los Estados Unidos, donde fueron recibidos en Liberty City, iniciando una nueva vida en el país del norte. Sintiéndose muy avergonzado de su pasado, lleno de carga de culpa porque no pudo proteger a su amigo ni a las personas de ese pueblo, Apolinar viajó junto a su familia buscando nuevos horizontes. Las amenazas cesaron, pero el destituido Teniente Segundo Torres se encontraba prófugo de la justicia. Ya luego de un tiempo de vivir en los EE.UU, Apolinar recibió el llamado de un viejo amigo que hizo cuando fue policía, Travis Becker, un ciudadano americano que en ese entonces estaba radicado en Colombia, anterior Director de la comisaría donde Apolinar ejerció como cabo primero y el único agente de la ley, además del Sargento Torres, en el que Apolinar confiaba.

    Travis sabía del pasado militar de Apolinar, y con intención de ayudarlo a expiar sus culpas, le informó que algunas fuentes de inteligencia que Becker conservaba cuando aún vivía en los Estados Unidos le notificaron que al parecer el Teniente Torres se encontraba escondido en Los Santos. Esa información volvió a darle un motivo para luchar y seguir adelante a Apolinar, rememorando viejos tiempos, ambos acordaron viajar a Los Santos, a tratar de hacer una nueva vida y resolver viejas deudas. Apolinar aún no sabe qué hará en dado caso de dar con Torres, pero está junto a su otro gran amigo Travis, que le recordaba a su fallecido amigo y hermano de armas, Sargento Primero Eduardo Gamboa. A pesar de la negativa de su madre a dejarlos una vez más para luchar una guerra sin sentido, pero que para Apolinar era personal, éste recibió el apoyo de sus hermanos menores, que lo instaron a buscar ese nuevo objetivo, el cuál podría ayudarlo a sanar las heridas de su alma.


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