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Luis Miguel Cebrián García



  • NOMBRE COMPLETO: Luis Miguel Cebrián García

    EDAD: 41 años

    LUGAR DE NACIMIENTO: Madrid

    NACIONALIDAD: Española

    SEXO: Hombre

    PADRES: Francisco José Cebrián, obrero, trabajador de todo y de nada, apenas da para alimentar a la familia. Antonia García, ama de casa y madre atada a cinco niñas y a Luismi. Siguen con vida actualmente, él con estudios básicos y ella sin terminar la escolarización.

    APARIENCIA FÍSICA: 1,63 metros de altura, ojos marrones, color de pelo castaño con mechas rubias, cara un poco alargada con un marcado contorno, nariz corta y labios poco pronunciados. Cuerpo cuidado con tatuajes en brazos y espalda.

    PERSONALIDAD: Luismi es una persona dicharachera, siempre tiene una sonrisa dibujada en la cara. Siempre le gusta hacer feliz a las personas que le rodean. Es observador, atento, paciente, culto, de buen trato personal, perfecionista, aplicado al trabajo, experto en robo de coches, buen conductor. Le gusta pensar mucho en lo que fue, es o lo que será en un futuro. Tiene un talento innato para predecir hacia donde se va a desarrollar una conversación.

    INFANCIA, JUVENTUD, ACTUALIDAD, EDUCACIÓN:

    Luis Miguel Cebrián nació en un hospital del sur de Madrid. Nació como el primogénito de una familia de clase media-baja de Getafe. Un municipio periférico como tantos otros de Madrid, donde emigrantes de Castilla amordazan su vida en el tajo, de sol a sol, para poner el pan sobre el mantel. Barrio obrero, pobreza orgullosa de castellanos que una vez pasada las miserias de la dictadura y transición marcharon a la capital a la búsqueda de quién sabe qué. El salario de su padre, Francisco José Cebrián, obrero, trabajador de todo y de nada, apenas da para alimentar a la familia. Cinco niñas, mujer, y ‘el Luismi’. El mayor de todos sus hermanos que se crio sin la sombra de su padre y su madre le consintió demasiado. Fue creciendo y haciéndose más independiente, ya que no tenía casi figura de padre.

    Un renacuajo de 1,50 metros con melena de color castaño, ojos marrones y color de piel oscura. A él ya no le gustaba ir con su padre a ver al ‘Geta’ y que ya no se dejaba vestir con la camiseta del Athletic de Bilbao que le regalaron por Reyes. Iba al cole a apenas 100 metros de su casa, al C.P. San José de Calasanz. Ir, iba, pero en cuanto su madre le dejaba en la entrada y desaparecía, él desaparecía también.

    Sus profesores del San José de Calasanz le recuerdan como un “líder nato, uno de esos chicos que tenía que ser el jefe”. Repitió varios cursos. Sus notas estaban llenas de Insuficientes. Conchita, todavía profesora en el colegio, le tuvo como alumno en una clase especial para chicos revoltosos, potenciales delincuentes. “Estaba desnutrido, con el pelo revuelto. Era listo. Apenas sabía leer, pero siempre quería repartir los cuadernos. Le daba codazos a sus compañeros para que le dijeran qué cuaderno era el suyo”.

    Con seis años llevó a cabo sus primeros robos en un campamento juvenil de Buitrago de Lozoya. A los siete, mangaba en el ‘super’ de la época, el Simago. A los ocho, amedrentaba al barrio y los alrededores en busca de ‘chupas’ y bicicletas, en verdad de todo aquello con un poco de valor. Las tiendas y los coches eran su objetivo a los nueve. A los diez se atrevió con los bancos. Siempre con las armas descargadas. Era su norma. De ser ‘trincados’, sería menor la penitencia. Puso en jaque a la Policía del sur de la capital. A los 11 tenía ya 150 antecedentes policiales. “Vivía al filo de la barbarie”, dice ahora. Era una espiral maldita. “Nosotros pensábamos que era imposible rehabilitarlo. Robaba coches e iba a toda velocidad por el barrio. Como era tan pequeño, no se le veía”, recuerda su padre de él cuándo era jovencito.

    Amedrentaba, robaba, maleaba por las calles con sus colegas, todos mayores que él, algunos con 20 años. Pero él era el líder. Nadie conducía como ‘El Luismi’. Todos sus planes salían bien. Robar era su manera de gritar esperanza. “Yo no entendía por qué la gente tenía abrigos buenos, coches, motos, bicicletas y yo no. Yo era un chorizo, creía que todo era mío, por eso cogía las cosas prestadas”.

    Mientras a finales de los 80, el muro en Berlín era tirado abajo por el pueblo, en Madrid un crio hacía de las suyas. Luis Miguel Cebrián, ‘El Luismi’, con apenas nueve años, tabla en el asiento del conductor para llegar a los pedales, se aleja de los coches de la Guardia Civil con un Ford Fiesta XR2i robado en el sur de Madrid. La autoridad acaba de pillar a su banda en unas chabolas de Plaza Castilla. Trapicheaban con unos relojes robados. Se oye ulular de sirenas, volantazo a izquierda, volantazo a derecha. La Benemérita pisándole los talones. Su pandilla, con los mismísimos de corbata. ¡’Luismi’, que nos pillan!

    Una marcha de menos, una frenada de más, y se podría ir todo al carajo. Los alrededores de la Plaza Colón, llenos de coches. ¿Qué hacemos, ‘Luismi’? Al chaval no le atenaza el miedo. Atisba una posibilidad. Es una locura, pero mete quinta y tira millas por el bulevar. Las sillas de las terrazas vuelan, la gente grita. Ya en Cibeles, no hay tricornios en el retrovisor. Camino libre al sur, a su casa, a Getafe.

    ¿Fuiste niño alguna vez? ‘El Luismi’ duda. “Yo creo que sí, al menos hasta los seis. Ahí me convertí en adulto”, responde.

    En 1990, el teléfono sonó una noche cualquiera en la casa de los Cebrián, un segundo piso alquilado de la calle San José de Calasanz. Es la Guardia Civil. Preguntan por los padres de Luis Miguel. Francisco Jose se viste y va a la comisaría de Leganés, resignado. “Era incorregible. No sabíamos qué hacer con él. Yo les decía a los policías que tenían que hacer algo con mi hijo, pero era menor. Ningún castigo servía. Le compré una vez un balón y me prometió que iba a ser bueno, pero a los dos días ya estaba otra vez”, dice Francisco Jose, ahora jubilado. Alguna vez, lleno de rabia, les llegó a espetar a los agentes: “Ojalá os lo encontréis algún día muerto”.

    Gracias a su hijo, conoció comisarías y garitas de la Guardia Civil no sólo de Madrid. Albacete, Guadalajara, Toledo... ”Un día desapareció seis días y seis noches. Habían robado en una casa de Toledo. Los tenían detenidos. Ninguno de la banda quería cantar, pero al final un agente los oyó cuchichear y consiguieron un número de teléfono. Tuvimos que ir a buscarlo allí en autobús de línea. Lo hemos pasado muy mal. No es contarlo, eso hay que vivirlo”, recuerda Francisco Jose.

    Desde los seis a los once fueron cinco años de lágrimas en el café del desayuno, de gritos a la hora de la cena, de cuchicheos en el barrio. Mira, por ahí anda ‘la Toñi’, la madre de ‘El Luismi’. Una familia destrozada. No había solución. “Yo entonces hubiera sido feliz con que se convirtiera en una persona normal. Obrero, electricista, me daba igual, pero que fuera normal”.

    Antes de la redención del CEMU, la Ciudad de los Muchachos de Leganés, ‘El Luismi’ se cobró su venganza. Su banda habitualmente trabajaba al mandato de un comisario de una garita cercana a su barrio. Él marcaba los robos en los sitios con menos seguridad, y luego arramblaba con casi todo el botín. Hasta que un día se la jugó a los chavales. Les tendió una trampa en Seseña, donde varios todoterrenos de la Guardia Civil les esperaban. Lograron salir de allí porque ‘El Luismi’ era ‘El Luismi’, pero uno de sus compañeros recibió un tiro en un hombro. Se rompió la alianza.

    Hasta que un día, cuando ‘El Luismi’ tenía 11 años, apareció Alberto Muñiz, que dirigía el CEMU, un centro experimental para chicos desahuciados, huérfanos y delincuentes para los que los correccionales se quedaban pequeños. Alberto, el ‘tío Alberto’ como le llama ‘El Luismi’, le cogió de la pechera y suavemente, sin grandes broncas, le hizo ver la luz al final del túnel, aquella que a 200 por hora no habría logrado siquiera intuir. “Era un niño de 11 años con mirada de 20 y vida de 50”, recordaba Alberto.

    Alberto confió en él. En la ciudad, en cuya garita de entrada hay todavía un poema clavado en la pared con las palabras “Puedes confiar en mí” subrayadas, le dieron cariño, se sentía parte de algo grande, fuera de la delincuencia y Alberto le dejó hacer lo que mejor sabía hacer: conducir. “Alberto fue mi Dios en la Tierra”, asegura Luis Miguel.

    Iba a clase, aprendió a leer, a escribir, pero sobre todo aprendió mecánica y valores. A los dieciséis años ya sabía desmontar un motor pieza por pieza. “Recuerdo que en clase de mecánica competía con mis compañeros para ver quien desmontaba y montaba antes un motor, pero era competición sana”, espeta ‘el Luismi’. Alberto sabía del potencial de él al volante y como regalo de su dieciocho cumpleaños lo inscribió en una carrera de KARTS. Su afán de superación y su destreza al volante le sirvieron para ganar la carrera. Fue la primera de muchas. La metamorfosis imposible de un pillo incorregible se hacía realidad.

    Con veintiuno años le llego la oportunidad de su vida, “Recuerdo perfectamente el día en que el tío Alberto apareció por el taller de la escuela y me dijo que un equipo de competición puntero en España me quería para ocupar un asiento como tercer piloto”. El primer día que se subió al monoplaza en unos test oficiales, no solo brilló por su manera de conducir, sino que marcó el mejor tiempo del día por delante de los mejores de la competición. “Simplemente hice lo que mejor sé hacer, conducir”, comentó a la prensa al finalizar la sesión. Se ganó por derecho propio tener un asiento como piloto oficial esa temporada.

    Su tesón y su cabezonería le llevarían por fin a la gloria cuando con veinticuatro años se proclamó campeón de la Fórmula Renault. “El camino ha sido duro, pero mi equipo ha realizado un trabajo impecable durante toda la temporada, esto se lo debo a ellos”, fueron las palabras de un ‘Luismi’ que en trece años había dado un vuelco a su vida. Por el retrovisor ya no había agentes de la Benemérita, ni siquiera había ya retrovisor, solo rivales y a veces ni eso. La cota más alta a la que llegó fue piloto probador de un Fórmula Uno, pero la escasez de patrocinadores y la edad ya eran un obstáculo muy grande el cual superar.

    En una de las galas anuales del motor que se celebran en España conoció al director general de la Guardia Civil, Pablo Arras Fuenmayor, el gran jefe del circo policial al que trajo en jaque décadas atrás. Nada más verle, ‘el Luismi’, con esa chulería del castellano convertido en castizo por los aires capitalinos, le espetó: “Yo sé quién es usted, pero usted no sabe quién soy yo”. Arras quedó desconcertado. Pidió que le investigaran. Horas más tarde, Arras se le acercó: “Ya sé quién es usted. De pequeño ha sido un niño malo”. Y cosas de la vida, se convirtió en su asesor personal y comenzó a dar clases de conducción evasiva a miembros del Instituto Armado.

    Repantigado en un sillón de su casa, con el pelo corto, ataviado con un traje negro, camisa azul cielo y corbata amarilla, ‘El Luismi’ enumera sus numerosos trabajos actuales: Es piloto probador de coches, colabora en diversas publicaciones de motor, participa en programas de radio y de televisión especializados en automovilismo, sabe de mecánica y es profesor en conducción extrema. Aunque, sobre todo, “Sigo siendo vividor”, dice ahora con sorna a sus 40 años, después de dar varios sopapos a la muerte, esa que ya llamó a filas a todos sus compañeros de fatigas, drogas o cárcel mediante.

    A la pregunta que le hice, ¿Qué espera de su vida ahora?: “Me apetece conocer mundo, aquí no me falta de nada, pero me reconcome por dentro descubrir cosas nuevas fuera”. Estoy seguro de que donde vaya será capaz de realizar cualquier cosa, lo veo muy preparado para la vida.

    Miedos:
    Volver a ser el mismo que fue en su mala época y recaer en la mala vida.
    Aspiraciones:
    Quiere experimentar fuera de España y conocer nuevo mundo.
    Conocer una mujer, crear su propia familia y tener hijos.
    Encontrar trabajo y rehacer su vida.


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