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Nikolai Yetarian



  • |-Nikolai Yetarian-|

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    Nikolai nació en Podil un barrio de Moscú. De padre ruso y madre Albanesa, hijo único. Su padre era carnicero y su madre no trabajaba, se dedicaba a cuidar las labores del hogar.

    Creció en una familia de clase media-baja, con muchas carencias económicas. Fanático del boxeo practicaba de lunes a jueves en un pequeño gimnasio a dos manzanas de su casa. Nunca tuvo un especial interés por los estudios, si bien era consciente de la falta de dinero, nunca desarrolló la idea de estudiar para conseguir un trabajo y salir adelante. Era una persona de día a día. Acostumbrada a la pobreza y a vivir con lo justo. De esas personas que viven a gusto entre los escombros, pero inconformista. Estudió hasta sacarse el graduado e intentó sacarse la carrera de economía, pero le fue fallido. Poco después de dejar los estudios su madre falleció de cáncer.

    A los 19 en el año 1974, ingresó en el ejército de las filas de Rusia con el fin de buscarse la vida con una cabeza con más valores y metas en la vida. Allí pasó nueve años y se licenció en derecho. Su afición por el boxeo le abrió puertas en el adiestramiento, especializándose en Systema(система) un sistema de lucha que el ejército soviético usaba en sus filas para los soldados. Trabajó como guardaespaldas a altos cargos del gobierno soviético y participó en diversas operaciones. Enviaba mensualmente dinero a su padre que se quedó viudo allí en Moscú hasta que falleció de muerte natural en el hospital.

    En 1984 ingresó en el KGB como agente de operaciones especial, pasando diversos procesos de entrenamiento para fortalecerlo y hacerle valer para el trabajo. Pasó muchos años como miembro, en 1991 llegó el fin del KGB y se le ofreció trabajar en inteligencia de la URSS pero rechazó. Se le hizo nacionalidad Ucraniana para que pasase allí varios años para evitar conflictos y se mantuviera oculto. Compró una casa en Lugansk, un pueblo de alrededor de 300.000 habitantes, allí comenzó una nueva vida, la cual estuvo varios años sin trabajar hasta que una empresa privada le llamó y le quiso contratar de escolta personal, el cual rechazó...

    Tras una vida estricta y llena de mandatos y caminos señalados, cansado de convivir entre barreras, Nikolai comenzó a beber con más frecuencia y se inició su descubrimiento con la cocaína. A menudo, con una paga de ex-militar, se gastaba enormes cantidades de dinero en drogas y prostitutas de lujo, estas a máximos costes y calidades. Pasaban los días y el dinero se escapaba, las deudas se hacían más grandes, debiendo grandes cantidades que superaban sus capacidades. Un día tras salir de un prostibulo por la puerta de atrás, caminando por el callejón tres hombres se abalanzaron sobre él cayendo estos al suelo con el debajo, intentó defenderse de varios golpes pero eran demasiados, puso la defensa en alto y aguantó todo como pudo. Tras varios golpes distribuidos por todo el rostro lo alzaron de la camiseta contra la pared de ladrillo, exigiendo el pago que debía. Apenas pudiendo comunicarse, asentía con la cabeza mientras la sangre caía por sus orificios. Los matones a la par que intentaba expresarse, propinaron varios golpes buscando puntos bajos como las costillas los cuales hicieron que cayera al suelo en cuestión de segundos. Pasada hora y pocos minutos, apoyándose en unas bolsas de basura consiguió levantarse y fue ayudándose de las paredes hasta su piso, el cual nada más entrar se quitó la ropa y se duchó, lavándose la sangre de su cuerpo y buscando la calma tras la paliza sufrida. Tardó días en recuperarse.
    Estuvo al menos una semana sin salir de casa, con una barba descontrolada y un higiene muy limitado, resignándose por lo pasado, quitándole mellas a las heridas que sufrió hasta que una tarde alguien tocó a su puerta. Su impresión no fue más que las de ir lo más rápido que pudo y buscar bajo su almohada su Makarov que siempre guardaba alarmado ya que nadie que quisiera buscarle con intenciones sanas sabía de su ubicación. Se acercó y pegó la oreja a la puerta, escuchó varios murmullos tras ella y se desplazó al salón con cuidado cuando la puerta se abrió de una patada y entraron dos hombres vestidos de negro, con una americana de tiro largo y gafas empuñando cada uno un arma en sus diestras. Nikolai se desplazó del susto sin tan siquiera poder disparar viéndose superado en situación por ellos. Altos, uno de ellos con estatura de jugador de la NBA, sin pelo que señaló el sofá para que se sentase. Se mascaba la tensión, Nikolai sentía que sus días estaban acabando, como cuando las gotas caen del filtro de la punta de una jeringuilla. Se sentaron y apoyaron dos Glock sobre la mesa. El más robusto de ellos sacó un fardo de billetes que dejó a escasos cinco centímetros de la Glock. Le dieron a elegir, si quería dinero, o morir.

    Las gotas de sudor caían por Nikolai con ellas miles de ideas de intentar evadir la situación… Cuando se le propuso el dinero dudó, le desconcertó la situación, y preguntó sobre el tema. Allí le explicaron lo que querían, sabían que su vida tenía fecha de caducidad, y sabían cuál era su pasado. Le ofrecieron trabajar para ellos o acabar con él ahí, con su historia, con lo que quedaba de él. Los dos ganaban si esa tarde de día nublado no corría la sangre por esa moqueta. Asintió la cabeza y preguntó cuál era el trabajo. El hombre guardó su Glock y se acomodó aproximándose a la mesa flexionando las piernas, ingresó la diestra dentro de la americana y sacó un sobre. -Tienes dos días. -soltó de manera desconcertante. Se levantaron y se fueron dejándole con las dudas de la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo.

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    En el sobre había un texto doblado en un folio DinA4 y varias fotos de dos vehículos: Un Audi A3 y un Wolkswagen Passat. El interior de el folio estaba relleno con un nombre: Andriy Holub. La edad que tenía, nombre de su mujer e hijos, calle de su domicilo matricula y modelo de vehículos. Separado por una línea horizontal en la parte inferior, horarios de trabajo, las horas que frecuentaba sitios puntuales de manera periódica, desde la hora a la que iba a comprar el pan y un juego de Croassanes todos los días a las 13:32, hasta la que frecuentaba el parque a dos manzanas de su casa tras recoger a los niños en el colegio si no tocaba llevar a Kilina, el mayor a kárate los martes y jueves. El trabajo estaba dictado y ordenado, solo quedaba ejecutarlo, se hizo.

    Los caminos que uno elije marcan a la perfección las diferentes opciones de las que vas a disponer en el futuro. Recién llegado a Los Santos, con anhelo de una vida tranquila, sin disturbios, ni causas inexperadas, nadie sabe que le depara. Ni el mismo.

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