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Manuel Nogués había sido marcado mucho antes de que él mismo lo sospechara. Su nombre comenzó a resonar en voz baja, filtrado por una mujer que ya no vive para confirmar ni desmentir nada. Esa información, arrancada de alguien cuyo destino fue igual de oscuro, bastó para que Manuel fuera puesto en búsqueda y captura. Desde ese instante, su final dejó de ser una posibilidad y pasó a ser un camino inevitable.
Fue convocado a La Mesa con una excusa simple, casi banal: “ayudarnos a mover unos bolsos”. Una mentira suave, envuelta en normalidad, diseñada para bajar su guardia y llevarlo exactamente donde necesitábamos. Mientras él creía estar colaborando, las miradas a su alrededor lo estudiaban con una precisión quirúrgica. En las pantallas, en los registros, en cada gesto, se repetía la misma sentencia silenciosa: su tiempo estaba terminado.
Después de aquella falsa tarea, fue llevado a Casa V. Un lugar frío, aislado, donde las paredes parecían guardar secretos de otros que también pensaron que aún podían negociar su destino. Allí, frente a los miembros reunidos, se cerró el círculo. No hubo discursos, solo la confirmación de la traición que lo había condenado y la presencia inamovible de quienes se encargan de ejecutar lo que debe hacerse cuando la palabra ya no basta.
La muerte de Manuel ocurrió entre esas paredes, sin gloria ni resistencia, consumida por el mismo silencio con el que se sellan los asuntos que no deben volver a hablarse. Afuera, la noche siguió su curso, indiferente, mientras adentro el cuerpo quedaba tendido como un recordatorio de que en este mundo las consecuencias no se olvidan… solo se ejecutan.
Así concluyó el caso Nogués: sin testigos que no debieran estar, sin ruido, sin retorno. Un nombre más apagado en la oscuridad.
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Integrity Way | 29 Nov 2025 23:36
El día pintaba tranquilo hasta que recibí un mensaje de Trevaug, diciendo que tenía “algo para hacer, rapidito”.
Nada de desarmar coches, nada de cargar herramientas. Esta vez era distinto.
Cuando llegué al taller, me explicó sin rodeos: tenía que ir hasta una farmacia de Sandy y traerle un sobre que guardaban ahí.
No era un favor ni una compra… era un mandado, pero de esos que requieren que nadie haga preguntas.
Al llegar a la farmacia, todo parecía normal, luces frías, olor a desinfectante y un solo tipo atendiendo detrás del mostrador. Me acerqué despacio, pregunté por un par de cosas para disimular y cuando tuve su atención, bajé la voz:
“Necesito el paquete que guardás para Trevaug. No te hagás el boludo.”
El farmacéutico se quedó helado. No grité, no levanté la voz, solo me acerqué un poco más mientras mi mano quedaba apoyada en la espalda, donde él sabía perfectamente qué tenía sin necesidad de verlo. Temblando, señaló el cajón justo debajo de la caja registradora.
Le pedí que lo sacara él mismo, lento y sin hacerse el héroe. Cuando me entregó el sobre, pensé que ahí terminaba… pero no. Recordé lo que me había encargado Daniel y Andres: las pastillas.
Antes de irme, se me ocurrió dejarle algo claro para la próxima:
“Si alguien pregunta, nunca estuve acá. Y más te vale no llamar a nadie.”
Salí caminando como si nada. No hacía falta correr; el miedo ya había hecho todo el trabajo.
De vuelta al taller, entregué el sobre donde correspondía y dejé las pastillas guardadas para Mayshon. No dije cómo salió todo. Tampoco hacía falta.
En este mundo, cuando completás un encargo… el silencio es parte del pago.
¿Cuál será el próximo? No lo sé, pero cuando suene el teléfono, voy a estar listo.
yo ssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss